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jueves, 14 de noviembre de 2013

EL VISIR Y EL BARBERO

Hace ya un año que el blog del Riad Belle Epoque comenzó su andadura con la intención de dar a conocer Marrakech, la ciudad en la que nos hayamos, sus costumbres, tradiciones, que hacer, que visitar.....

Ya hemos superado las 10.000 páginas visitadas y cada día más personas nos leen, lo que da sentido a este trabajo, que más que un trabajo se está convirtiendo en una afición. Queremos agradeceros a todos por cada uno de los minutos que nos dedicáis.

En uno de nuestros primeros post, contábamos un cuento, El Farol rojo,  de los que se narran todas las tardes en la emblemática plaza de Jemma el Fna y ahora que cumplimos un año hemos pensado que es una buena ocasión para narraros otra de estas historias con sabor a Oriente.



Este cuento se titula el Visir y el Barbero.

Esta es la historia de un anciano que habiendo trabajado durante toda su vida duramente y con gran destreza, consiguió ser barbero del Sultán de Marrakech. El barbero poco a poco fue ganándose la confianza del Sultán llegando a convertirse en persona de entera confianza, como si de un hermano se tratara.

El Sultán, que tenía por costumbre pasear todos los días por los zocos, pasó una vez frente a una pequeña tienda que llamó su atención por estar totalmente vacía. Ningún bien ocupaba sus estanterías y sobre el mostrador se encontraba el tendero, de piernas cruzadas, como un faquir, esperando a que llegaran los clientes. El Sultán, picado por la curiosidad, mandó a uno de sus hombres a preguntar al tendero que era lo que se vendía en su establecimiento, a lo que éste respondió que vendía palabras. 

-"¿Y cuál es el precio de tus palabras?". Le preguntó el soldado.

- "Las vendo por 100 monedas de oro". Respondió.

Cuando el Sultán se hubo enterado, decidió probar tan curiosa mercancía y juntando un centenar de piezas de oro, mandó de nuevo al soldado a comprar palabras.

A cambió de las monedas, el vendedor de palabras le dijo al soldado:

- "Dile a tu señor que nunca actúe con prisa. Que piense primero."

El Sultán, al enterarse de las palabras, medito durante días y entusiasmado con la idea, hizo que esas palabras se convirtieran en su lema, por lo que mandó inscribirlas por todas partes. En las paredes de su palacio, en los dinteles de las puertas, en los suelos de mármol, en los altos techos de madera de cedro, en platos y copas, incluso fue bordada en todos los mullidos cojines y toallas.

El Sultán tenía un Visir, que siendo un hombre ambicioso y envidioso, no llevaba nada bien la cercana relación de su Señor con el barbero, al que veía como una amenaza para su puesto. Por ello un día que se cruzó con el barbero cuando volvía de afeitar al Sultán comenzó a interrogarle sobre su trabajo y acabaron charlando amigablemente sobre las herramientas que usaba para tales menesteres.

- "¿Y qué tipo de tijeras y navaja usais para afeitar al Sultán?. Seguro que no usáis las mismas que para afeitar al resto de vuestros clientes". Preguntó curioso.

-"Por supuesto que no", repuso el barbero. "Guardo mis mejores tijeras y la más fina de mis cuchillas para el Sultán". Y abriendo una modesta caja de madera mostró al visir sus útiles.

- "Deberías avergonzarte de usar unas tijeras y una navaja tan comunes para nuestro Señor"

- "Veréis, soy un hombre humilde y estas son las mejores que tengo. No puedo permitirme otras y el Sultán nunca se ha quejado"

El Visir, posó su mano sobre el hombro del barbero e invitándole a pasear por los jardines del palacio le dijo: "Venid amigo, te voy a hacer un regalo especial para que puedas afeitar al Sultán como se merece. Mandaré hacer las más fina y hermosa de las navajas, con mango de oro y piedras preciosas para que puedas afeitar al Sultán".

Y así una semana después de esta conversación el Visir entregó a un agradecido barbero la más bella navaja que nunca se había visto. 

Ese mismo día el Sultán mandó llamar al barbero para que lo afeitara. El barbero acudió presto a realizar su servicio y depositó, tan metódicamente como siempre, la nueva navaja sobre un cojín de terciopelo para tenerla a mano. Rodeo el cuello de su señor con una blanca y mullida toalla y comenzó a enjabonarle cuidadosamente la cara. A medida que masajeaba la barba del Sultán se fijó en la inscripción bordada en la toalla "Nunca actúes con prisa, piensa primero" mientras que su cliente se fijaba de reojo en la nueva navaja que yacía sobre el cojín. El barbero ensimismado con la inscripción, comenzó a recitarla en un murmullo y sin dudarlo sacó de su pequeña caja la antigua cuchilla con la que afeitaba siempre al Sultán dejando la nueva herramienta donde estaba.

-"Dime, amigo mío, ¿por qué usas tu vieja herramienta y no esta nueva para afeitarme?

-"Esperad, mi señor. Esperad hasta que haya terminado"

El Sultán cerró los ojos y dejó a su amigo, el barbero, continuar con su trabajo.

Una vez concluido, el barbero le dijo al Sultán:

- Mi única razón es la siguiente. Cierto es que me ha sido entregada esta nueva navaja para afeitaros pero al leer las palabras bordadas en vuestra toalla he pensado, ¿por qué motivo debería cambiar mi vieja navaja por esta nueva? Al fin y al cabo, aunque vieja, es buena y fiable, nunca os he cortado ni me ha fallado, mientras que aún no estoy acostumbrado a la nueva.

- "¿Y quién te dió este hermoso objeto?", preguntó el Sultán.

El barbero le contó toda la historia.

Una vez finalizada,  el Sultán hizo llamar al Visir y en pocos minutos lo tenía en su presencia.

-"Creo, Visir, que necesitas un afeitado", le dijo.

- "Por supuesto, mi señor, como siempre, teneis razón, aunque ya me haya afeitado esta mañana".

- "No importa. Sientate, que aquí mi amigo, hará su trabajo". Y levantandose cedió su lugar al extrañado Visir.

Un esclavo puso una toalla alrededor del cuello del visir, mientras que el barbero comenzó a extender el jabón por su cara y cuándo se disponía a usar su vieja navaja para rasurar innecesariamente la cara del Visir el Sultán repuso, "No, con esa no. Mi Visir cree que esa vieja navaja no es buena para afeitarme y por ello te ha regalado esta hermosa joya. Ahora yo también creo que la vieja tampoco es lo suficientemente buena para usarla con él. Usa la nueva."

El Barbero, obedeciendo al Sultán comenzó a afeitar así al compunjido Visir, produciendole al poco, un sútil corte del que apenas manó sangre. Inmediatamente después, el Visir, fue presa de unos horrorosos espamos que acabaron con él por tierra, vomitando y pataleando hasta que en poco minutos expiró. La nueva cuchilla estaba envenenada.

El Sultán nombró nuevo Visir a su barbero y dijo en su nombramiento:

-"Cuándo pagué 100 monedas de oro por aquellas palabras, os reisteis de mí, porque las considerasteis caras. Ahora, me parece que me salieron muy baratas."







viernes, 19 de abril de 2013

RELATOS DE LA PLAZA: LA TIERRA Y EL TESORO




LA TIERRA Y EL TESORO

Erase una vez un rico mercader poseedor de una hermosa y gran hacienda en los alrededores de Marrakech. Este mercader tenía cuatro hijos. Todos ellos eran perezosos y nunca, ni al hacerse mayores, quisieron trabajar, prefiriendo vagar con sus amigos disfrutando de la buena comida y bebida, de la compañía de mujeres de mala reputación y de la libertad que la inmensa fortuna de su padre les dispensaba.

El mercader tenía por todo ello un enorme disgusto. Ninguno de sus hijos se había casado, ninguno de ellos tenía un trabajo y estaban dilapidando la fortuna que con tanto esfuerzo había conseguido reunir después de una larga vida de duro trabajo. No tardo mucho en caer gravemente enfermo y encontrándose en su lecho de muerte hizo llamar a sus cuatro hijos.

-Nunca os he dicho esto antes- les explico a sus hijos - ya que he estado esperando a este momento para hacerlo. Tengo un tesoro enterrado y oculto en nuestra hacienda. Cuando muera deberéis buscarlo y aquel de vosotros que lo encuentre será inmensamente rico.

Pocos días después el mercader exhaló el último suspiro y fue enterrado. Inmediatamente después sus hijos comenzaron a inspeccionar la hacienda y a excavar en busca del fabuloso tesoro. Cavaron y cavaron durante días, levantando los jardines y todas las tierras aledañas que se extendían yermas, fruto del abandono al que se vieron sometidas cuando el viejo mercader enfermó. Al cabo de unas semanas habían removido toda la tierra sin por ello haber dado con el objeto de su búsqueda. Una tarde, desesperados arrojaron las palas y azadas al suelo y se sentaron a la sombra de un árbol situado en lo alto de una colina desde la que se podía observar el estado en el que habían dejado la hacienda, totalmente patas arriba.

Mientras se quejaban de su desgracia y se preguntaban que iban a hacer ahora que no habían encontrado el tesoro, un muchacho que pasaba por el lugar se les acercó y les dijo:

-Mirad, que buen trabajo habéis hecho, habéis removido toda la tierra pero no estáis cultivando nada en ella. ¿Por qué no la sembráis de maíz?

Y así fue como los cuatro hermanos se pusieron manos a la obra, sembraron toda la fértil tierra con semillas de maíz y cuando la estación cambió se vieron rodeados por un hermoso maizal.

Una vez recogido el maíz, vendieron una fabulosa cosecha en el mercado y los cuatro se hicieron ricos.  

Cuando regresaron a la hacienda y ante la vista de sus tierras se dieron cuenta de que su padre tenía razón y en verdad había un tesoro escondido en la tierra. El maíz era ese tesoro y solo lo pudieron encontrar con el duro trabajo.



viernes, 4 de enero de 2013


Retomamos la escritura y para combatir el frio del invierno, ¿que tal si nos trasladamos a las cálidas arenas del Sahara?.

En la plaza cuentan la siguiente leyenda sobre su nacimiento:

Hace muchos, muchos años, siendo la Tierra aún joven, había un gigantesco jardín cubierto de palmeras, perfumado por los jazmines y poblado por ruiseñores que dominaban el paisaje con sus melodías. Por aquel entonces todos los hombres eran leales, confiados y honestos. De hecho, la palabra mentira ni tan siquiera existía.

Pero un día, alguien dijo una mentira.....Fue una mentirijilla sin importancia, pero que significó el fin de la edad de la inocencia para el hombre.

Así Dios convocó a todos los hombres que poblaban la tierra y les dijo "Cada vez que uno de vosotros mienta, lanzaré un grano de arena sobre la Tierra".

Los hombres se miraron perplejos y encogiéndose de hombros se dijeron ¿un grano de arena? ¿y qué más da? Si apenas se pueden ver.

Y así mentira tras mentira, poquito a poco, fue surgiendo el Sahara, a medida que Dios fue arrojando desde el cielo granos de arena. Aún así, aquí y allí surgen extraños y solitarios oasis rodeados de arena. Son ni más ni menos que los restos del jardín original, porque no todos los hombres mienten.







El desierto del Sahara es el desierto cálido más grande del mundo, con algo más de 9.000.000 de km² de superficie se extiende por 11 países. Se considera que tiene aproximadamente 2,5 millones de años. Sufre uno de los climas más áridos y duros del mundo y en algunos lugares llueve menos de 20mm al año. La temperatura puede oscilar entre los 58º del Sahara central y los -18º en regiones montañosas. Las lluvias son muy poco frecuentes pero cuando ocurren suelen ser torrenciales. En los últimos años la pluviosidad ha aumentado por lo que los científicos están constatando un avance de la vegetación en las regiones limítrofes e incluso en el propio Sahara.

Los oasis son, en su mayoría palmerales que aportan una importante fuente de ingresos a sus pobladores proporcionando sombra a sus cultivos, evitando la erosión del sol y del viento y proveyendo de madera, dátiles y ramas que tienen un sinfín de aplicaciones.

Habitado desde hace por lo menos 8.000 años por los bereberes (nombre latino dado por los romanos y que significa "bárbaro" aunque ellos se llamen así mismos mazighen u "hombres libres"), estos se dividen en varios grupos étnicos entre los que están los nómadas tuareg.

En Marruecos, se estima que entre un 35% y 40% de la población es bereber, es decir, alrededor de 8 millones de personas.


Marrakech se considera una de las puertas al desierto del Sahara y desde nuestra ciudad podéis contratar un sinfín de excursiones. Desde Riad Belle Epoque, estaremos encantados de ayudaros y daros los consejos que necesitéis. No dudéis en preguntarnos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

EL FAROL ROJO


Y aquí va una de las historias que se pueden escuchar cualquier día en la Plaza de Jemaa El Fna.



Hace mucho tiempo, en Marrakech, vivía un vendedor de dulces llamado Kadour. Los tiempos eran malos entonces, y no tenía mucho éxito y cada día que pasaba veía como su negocio iba de mal en peor. Llegó un punto en el que ni tan siquiera se podía permitir comprar la miel con la que endulzaba sus frutos, pero su orgullo le impedía pedir ayuda a sus familiares y conocidos.

Harto de esta situación decidió abandonar Marrakech e ir en busca de fortuna a las tierras más allá de las cercanas montañas del Atlas. Ni corto ni perezoso, al día siguiente, dejó la ciudad llevando consigo la únicas posesiones que le quedaban, un hatillo de ropa, una manta y un pequeño farolillo de latón con cristal rojo que pensó le sería de utilidad cuando cayera la oscuridad y necesitara alumbrar su camino.

Durante muchos días y noches, Kadour caminó atravesando polvorientos caminos, hermosos valles y pasos de montaña totalmente nevados sin por ello amedrentarse, sobreviviendo gracias a la hospitalidad de los pueblos bereberes con los que se cruzó.

Una semana después del inicio de su viaje llegó a un árido desierto en el que a punto estuvo de perder la vida, desorientado, sediento y soportando las grandes diferencias de temperatura entre el día y la noche. Finalmente y tras varias jornadas más, el desierto dió paso a un terreno más amigable que a su vez desembocó en un valle de un verde lujurioso, surcado de ríos y arroyos y rematado en el horizonte por los deslumbrantes minaretes que brillaban tras los muros de lo que debía ser una gran ciudad.

Kadour se aproximó a las puertas de la ciudad y pronto se encontró en un mercado rodeado de gente, ávidos de saber quién era y de donde venía. Todos se extrañaban de su extraño dialecto y aspecto, ya que nunca habían visto a nadie que no fuera de aquellas tierras. Tal fue la conmoción que provocó su repentina llegada que enseguida le llevaron en presencia del Pachá. Nunca antes Kadour había visto semejante lujo y riqueza. El palacio en el que residía el Pacha era una fuente de riqueza y todos los adornos y utensilios, incluso los más triviales, estaban engarzados en oro y diamantes. Las esmeraldas se apilaban en bandejas de plata en cualquier esquina y los pomos de las puertas no eran otra cosa que  enormes rubíes.

Durante tres días, y tal y como dicta el Corán, el Pachá trató a su huésped con gran gentileza y hospitalidad. Al final del tercer día, Kadour empezó a angustiarse. Al alba debía abandonar el palacio y la ciudad y no sabía cómo retribuir a su amable anfitrión, pues nada tenía que pudiera ofrecerle como muestra de agradecimiento. Revisó entre sus cosas y pronto llegó a la conclusión de que lo único que tenía de más valor de entre sus escasas pertenencias era su farolillo rojo, de ningún valor para el Pachá, pero supuso que éste sabría apreciar su ofrenda ya que al fin y al cabo era lo único que tenía, así que armado de coraje, al despuntar el día, se presentó en el salón de audiencias ante el Pachá con su humilde ofrenda.

El Pachá tomo el farol entre sus manos y lo observó confundido. El silencio se apoderó de la sala y la corte y Kadour observaban con inquietud las extrañas reacciones del hombre en el trono que no levantaba su mirada y sus manos del objeto, lo volteaba, lo agitaba con cuidado, se sorprendía con el tintineo del latón contra su uña y acariciaba el cristal rojo extrañado. Kadour no comprendía que era lo que causaba tanta admiración y es que este extraño pueblo no conocía el vidrio. Se acercó para respetuosamente tomar el farol y encender la pequeña vela que se escondía en su interior. La conmoción de la corte fue inmediata al ver a través del cristal rojo el centelleo de la vela y gestos y voces de admiración apagaron el silencio reinante a la vez que una amplia sonrisa llenó la cara del Pacha.

Pasados los primeros minutos de sorpresa y regocijo ante tamaña ofrenda el semblante del Pachá comenzó a cambiar y mostrar preocupación. ¿Cómo podía él retribuir al extraño por semejante maravilla?. Su hospitalidad durante esos tres días era la obligación de un buen musulmán y no tenía por qué ser retribuida pero, en cualquier caso, esto era demasiado.

Después de meditar un buen rato ordenó que le trajeran doce camellos y los cargo de oro, rubíes, diamantes y joyas de todo tipo y se los presentó a su huésped avergonzado por no tener nada que pudiera igualar su regalo. Kadour sorprendido y agradecido, abandonó la ciudad escoltado por cuarenta jinetes que le acompañaron de vuelta hasta las puertas de Marrakech donde se despidieron de él deseándole una larga y buena vida.

El otrora pobre vendedor de dulces, ahora y de repente, y sin entender el motivo, era poseedor de una gran fortuna y a la semana de llegar a la ciudad se compró un hermoso palacio con un jardín que pobló de naranjos, almendros y limoneros y en él se instaló feliz y satisfecho con su nueva vida.

Kadour tenía un hermano llamado Said, propietario de un floreciente negocio de dulces, que había dejado de tratarle años atrás y que no le ayudó cuando Kadour más lo necesitaba. Ahora que su hermano era inmensamente rico, Said trató de recuperar su favor y se presentó en su nueva residencia para presentarle su respeto y amistad. Allí fue tratado con generosidad y sin resentimiento por Kadour que no le guardaba ningún rencor.

Said intentó en vano descubrir la fuente de la nueva fortuna de su hermano sin que éste le ofreciera ninguna pista así que, falto de paciencia le preguntó directamente como la había conseguido. Entonces Kadour le contó la historia de su penoso viaje y el final feliz pero seguía sin entender el motivo por el que el farol había causado tan honda impresión en el Pachá. Tan solo se había limitado a aceptar los regalos sin preocuparse demasiado ya que esa había sido la voluntad de Alá.

Cuando Said escuchó la historia de cómo su hermano había conseguido tal fortuna comenzó a obsesionarse día y noche con la idea de conseguir lo mismo. Si su hermano, un pobre fracasado, lo había conseguido ofreciendo tan solo un estúpido farol, él podía hacerlo mucho mejor así que vendió su negocio y con el dinero que obtuvo, compró todo tipo de mercancías. Como no lo parecieron suficientes vendió también su casa y pronto tuvo veinte mulas cargadas de lo más selectos productos del zoco. Las pobres bestias apenas podían moverse bajo semejante carga y así abandonó Marrakech rumbo a la extraña ciudad más allá de las montañas siguiendo la ruta que su hermano le había descrito.

Tan pronto como llegó al Atlas fue asaltado por los bandidos que antes habían avistado a un Kadour protegido por su pobreza. Le golpearon hasta casi matarlo y le arrebataron toda la carga. Cuando recuperó la consciencia se encontró con que era tan pobre como su hermano lo había sido, pero la vergüenza le impidió dar marcha atrás y siguió su camino hasta que llegó al mismo valle que le habían descrito.

Cuando Said llegó a la ciudad, fue inmediatamente llevado ante el Pachá y tratado con la misma cordialidad y respeto que su hermano. Las hermosas damas del harén cuidaron sus heridas con exóticas esencias y aceites entre cojines de pedrería y todo tipo de lujos y confort. Fue alimentado con suculentos manjares y tratado como un rey durante tres días al fin de los cuáles y llegado el momento de abandonar la ciudad, lamentó haber perdido toda su fabulosa carga y se preguntó que podría darle al Pachá en muestra de agradecimiento. De todas sus posesiones solo le quedaba un reloj viejo y dañado pero se dijo que si su hermano solo había regalado un pequeño farol, a buen seguro que el Pachá sabría agradecer su ofrenda así que se decidió a presentarle el reloj como muestra de agradecimiento por su hospitalidad y generosidad.

Said fue afortunado ya que los relojes, como el vidrio, no se conocían en esta ciudad y su regalo causo la misma conmoción y asombro que anteriormente había causado el farol. El Pachá sostuvo el reloj entre sus manos y parecía que tuviera ante él las estrellas y el cielo. Meditó largamente sobre este objeto y su incalculable valor...un instrumento para medir el tiempo....que fabuloso. No había riqueza suficiente en su reino para retribuir a su huésped, ninguna de sus joyas eran comparables, tan solo poseía algo tan valioso como lo que tenía entre sus manos y ordeno muy a su pesar, que sacaran de la vitrina el regalo que meses atrás un extraño le había ofrecido. El Pachá le presentó a Said un cojín de terciopelo negro sobre el que descansaba un farol rojo.

Y así fue como Said abandonó la ciudad rumbo a Marrakech. Entre sus únicas pertenencias estaba su farol rojo y en su viaje de vuelta los ladrones no vieron ningún motivo para causarle problemas.



CUENTACUENTOS EN LA PLAZA

No se sabe exactamente desde cuando se cuentan cuentos e historias en la Plaza Jemaa el Fna de Marrakech pero parece que desde su fundación, hace ya casi mil años.

Contar historias y cantar canciones son dos actividades profundamente arraigadas en la cultura bereber y han formado parte de sus rituales diarios. Los cuenta cuentos viajaban de pueblo en pueblo contando historias sobre el modo de vida de tierras y pueblos distantes, proporcionando a sus oyentes,  una ventana al mundo, un noticiario oral que rompía la monotonía de la jornada y servía de entretenimiento a todos los públicos.

Con la fundación de las primeras ciudades es probable que surgiera un tipo de cuenta cuentos más sofisticado, profesionalizado y pagado. Surgen así los hlaykia que solían contar sus historias a las puertas de las murallas medievales frecuentemente acompañados por el son de la música. Para subsistir puede ser que acompañaran esta actividad con la venta de amuletos, pócimas y talismanes.

Se estima que en Marrakech la tradición de contar cuentos se inició un siglo después de su fundación aunque la primera mención escrita sobre ello es del Siglo XVII, en la que el teólogo El Hassan Youssi escribe "Llegué a Marrakech en el año 1060 (1650 DC). Allí me vi en una gran explanada donde se rezaban plegarias al profeta. Después me sume a un gran corro de gente que escuchaba a un anciano que contaba historias cómicas."

Antes de la creación de la ciudad este lugar no era más que un simple oasis en el desierto, un lugar donde los camellos de las caravanas abrevaban y que al poco se convirtió en un cruce de caminos en el que los viajeros descansaban e intercambiaban mercancías e historias.  Desde entonces parece que la plaza ha sido para Marrakech su lugar sagrado, centro cultural y lugar de encuentro y constituye hoy en día uno de los lugares más animados del mundo entero, en constante movimiento y cambio.

Hace no mucho, durante el reinado de Mohamed V,  la singularidad des esta plaza estuvo a punto de perderse ya que se convirtió en una gran parking descubierto y parece ser que en una cena en el fabuloso hotel la Mamonuia con  Eleanor Roosevelt, viuda del presidente de los EEUU, ésta le mostró al rey su disgusto por haber dejado que la plaza perdiera su identidad. El rey en agradecimiento por el apoyo prestado a su país por la administración de Roosevelt, ordenó restaurar la animación perdida a la plaza y así ha seguido desde entonces.

En los 70 se convirtió en meca hippie y luego ha asistido a la transformación turística pero sin perder totalmente su esencia como foro de encuentro y reunión. Y en todos estos años,  los mismos personajes de siempre, interpretados por distintas personas, han sobrevivido al paso del tiempo.

Todos menos quizás uno, el del cuenta cuentos. Hace cuarenta años se podían escuchar a más de 18 cuenta cuentos en la plaza. Hoy en día tan solo sobreviven media docena que no son sino decrépitos ancianos que no tienen a quién ceder su puesto y su arte. Aquí es donde reside el drama, no hay aprendices. Las telenovelas, internet y los teléfonos móviles le han asestado una puñalada mortal a la tradición oral y cuando nos queramos dar cuenta de lo que está a punto de perderse, quizás sea demasiado tarde.

La gente parece no tener tiempo para historias hoy en día, pero uno se da cuenta de que eso no se puede aplicar a todo el mundo cuando ve pequeños grupos arremolinarse alrededor de uno de estos ancianos, oyentes que están dispuestos a perder el autobús y prefieren esperar al siguiente con tal de no perderse el desenlace, curiosos que se detienen y acaban envueltos por las historias que han perdurado desde tiempo inmemoriales.

Desde Riad La Belle Epoque queremos acercaros algunas de estas historias....a ver qué os parecen.